Calamaro no quisiera ser un romántico, que vive de los hits pasados. Preferería envejecer como un antiguo caballero del rock. Tener la piel, al menos, la mitad de arrugada. Estar envuelto por aquella magia quieta que posee Bob Dylan encima de un escenario. Apenas mueve los labios secos a centímetros del micrófono. Las luces encima de sus cabezas, mirando el horizonte oscuro del siguiente estadio. Entonces se aclaran la garganta, esperan en silencio mientras empiezan los acordes del intro. Los más antiguos se acuerdan de un disco llamado Honestidad Brutal, lo más jóvenes tienen la boca descolgada y guardan silencio: de su garganta salen versos cortos tan masivos y útiles como slogans sentimentales. Porque Calamaro es la comprobación que decir besos, te quiero, flaca, no está prohibido en el vocabulario del rockstar.
El verso: tus besos eran mi faro.
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