Somos como el tiempo perdido, como palabras dichas al oído de nadie. Creo que somos los últimos en la tierra de nuestra clase, Por favor no me dejes.
En el filo de una ventana que da al vacío de miles de metros hacia el cemento alguien susurra a una suicida ya sin voz: Somos de una especie que desaparece.
Y afuera un mundo destruyendose y adentro un pequeño mundo trata de sobrevivir sus rajaduras pasadas. Calamaro en media voz y pianos, Ariel Rot con guitarra, ambos chibolísimos sin una cana en el horizonte capilar de sus cabellos sucios y pesados.
Era una época rara en la canción sudaca. Flaca era una canción lunar en la radioactividad radial. El que la cantaba no era un Neil Secada de la canción romántica, ni siquiera un Guillermo Dávila. Era un argentino con la voz educada en el uso diario del tabaco. Mientras Ricky Martin toma brebajes de manzanilla antes de los concierto de su ¿Vida Loca?, Calamaro bebe algo de mate para calentar la voz, pero para endurecerla y hacerla sonar increíblemente rasposa y tierna, la cubre con una fina capa nicotina Malboro Rojo. Y ya usaba esos grandes espejuelos oscuros, para ocultar, con elegancia rockera, que duerme de día y despierta a los corazones nocturnos que lo escuchan en las madrugadas de un Buenos Aires, cuyo despejado cielo musical uno podía vislumbrar, ahí en lo alto y brillando, músicos y canciones que dominaban la escena del rock en español. Calamaro era apenas un satélite lejano que había dejado de liderar la memorable e inolvidable banda Los Rodríguez, que había vuelto un poco loco a toda España (y al mundo que utiliza la eñe) con el himno gitano/rock que venía desde lejos con su ahí vamos, y luego nos pedía que le dejemos cruzar el viento Sin Documentos, porque buscando tu sonrisa estaría toda la vida. Y bueno lo importante es que Flaca podrá ser cualquiera, pero su flaca era la que clavaba puñaladas por la espalda. Y aunque eso no tenga nada de romántico, los chicos se la dedicaban a una musa improbable, como si su letra y melodía fueran el arreglo más hermoso de la florería. Y ellas decían con una sonrisa dura y acerada, que flaca era su canción favorita de toda la tierra. Porque tenían los mejores versos, educados y callejeros, sombríos y ardientes, de toda la basta tierra. Con chicas como ellas la tierra corría riesgo.
Pero es esa clase incoherencia natural que nadie entiende sobrio pero que todos entendemos ebrios de amor, vida o alcohol, en que flaca hace referencia a un sentimiento que todos sentimos pero que no podemos enunciarlo con nuestras pobres palabras. Es un no sé que que solemos entender en público cuando sonreímos complices. Sí eso. Y un gigantesco calamar gigante nos devorará. Y será grandioso. A veces la gente dice que estaba en la peor quemada cuando se le ocurrió estos versos sueltos en forma de flaca. Yo me lo imagino en un cuarto de hotel destrozado a punto de esnifar los residuos de la fiesta anterior, y entonces en una libretita sucia y arrugada: un puñal en abril, flaca, esa flaca, ahora en el placard, si nada de te quiero, o amor, puñales y destrucción infinita, como si fuera un dub pero sin dub, no muy largo para no demorarme en aprenderla, eso. Flaca una dimensión conocida caminado en los bordes de un agujero negro que soy yo, cuando no estoy.
Breve joya descubierta por calamaro para deleite de la platea sudaca voladora que lo sigue desde el profético nadie sale vivo de aquí. Una canción que me fue mostrada luego del cansancio generado por escuchar el tormento eléctrico de Flaca o el electroacústico sonido de Paloma (futura canción de cierre de las románticonas de Andrés Calamaro). De lejos el mejor arpegio jamás creado, un punteo capaz de escarapelar la piel más dura y la sensibilidad más tercia. Infinita en posibilidades se abre camino hasta tus oídos y haciendo una diagonal perfecta atraviesa tu hipotálamo para instalarse, feliz, en la memoria eterna.
Hace frío en el anden, y ahora sigo hablando solo, con tu sombra tras de mí.
Hay días en que uno amenece con la melodía y sin letra. Pero eso no es un problema, si existe una solución. El no tendrá la voz de alejandro saenz, pero en cuestión de letras solo necesita de tiempo y un cenicero cerca. Porque el escribe, describiendo, sabiendo, en silencio, que no es un hechizo, no es conmoción, es la emoción, de la sensación, de un corazón, de su corazón. Y mientras uno come un tazón el pide más para la cuarta, repetición. Calamaro viviendo en constante estado de off side creativo. Adelantándose sin importarle si lo que viene será un hit o una debacle. Y si es una debacle para el salmón no será una derrota sino un leve anticipo de la próxima canción demoledora.
Y es ese el tílin del corazón, escribir canciones siguiendo el compas de un corazón que primero se expande y después dilata.
Voy a cometer un crimen. Y lo hare por todos. Luego de meses de prueba y ensayo, he afilado el puñal y se exactamente como despedirme. Hoy no voy a dormir. Me quedaré despierto acuchillando esta hoja de papel hasta decirte adios. Porque el crimen perfecto es el que permanece oculto entre las grietas y yo espero librarme de ti, sin que duela demasiado. Entonces empezó a escribir.
Me impresionan sus cejas y la forma en que sus cabellos caen sobre sus ojos. Mierda se caga de miedo. Y todos somos tan pequeños frente a una multitud. Pero el está arriba y Miguel Abuelo dice que este es Andres Calamaro y la gente del Luna Park lo observa como un punto azul brillante arriba en la esquina izquierda del escenario. Y tanto tiempo te espere sentado aquí. Y gamulan, es abrigo. Y que manera de hacerlo esperar.
Negrita es una de esas canciones infestadas de añoranzas carnales. El lecho es más frío y los sueños no son tibios. El verano es invierno y el invierno la lucha contra los tempanos de la soledad. En la grámatica salmónica el orden de las palabras es lo menos importante. Sus versos no son imágenes o metáforas elaboradas, son enunciados sueltos unidos por la cadencia de un mismo tema. Ella. Sus declaraciones se detienen en los detalles y en los reproches de una conversación que termina con el azote de una puerta. En su revisión melódica, el desastre de los golpes bajos se hacen ironía. Una sonrisa a medias es el gesto que acompaña el hecho de asumir que tiene todas las imperfecciones. Sabe que puede resistir el odio de un momento, pero no los reproches eternos. Por eso asume su calidad de caballero pobre diablo y le pide que no se vaya. Es culpable, sí, pero quédate muchas cosas estan por pasar.
Aunque intente de todo sabe que ya está perdido. Va a tener que aprender a vivir de nuevo. Calamaro suele ser el tipo que no sabe como esquivar los errores, siempre buscando nuevas alternativas de embarrarlas. Negrita es otra de las canciones utiles para los babosos sentimentales, expresan sentimientos que dificilmentesaldrían de la garganta. Negrita es además hermana menor de la canción que recita crocantemente morena con la piel de chocolate.
Reincidencia. La terca habilidad de tropezar con la misma piedra, el gusto por equivocarse de nuevo, la ñoñería de no saber cuando retirarse. Es bueno hacer de oídos sordos para hacer más onda la cicatriz ¿Es bueno hacer de oídos sordos para hacer más onda la cicatriz? En fin, imagino una escena en lentísima cámara lenta, la tarde está cayendo, ya detrás de los árboles hay una luz naranja languideciendo. El suelo esta lleno de ojas secas y cada paso es sonido crocante. Al fondo cabellos largos cabalgando el viento frío. En la cámara se ve una mano extendida. Ella se está escapando otra vez. Corte. Se ve el cuarto lleno de basura juvenil. El amigo que llega trayendo la novedad: la chica está comprando discos en la avenida. Y de nuevo la persecusión infantil.